Estimado lector:

          Creo que la poesía es la expresión artística de la belleza por medio de la palabra sujeta a medida y cadencia, de donde nace el verso, según la sabiduría del diccionario, en su segunda acepción.
          No descreo del verso libre (sin métrica) o blanco (sin rima), pues sostengo que el poeta debe escribir de acuerdo con su propio y personal criterio.
          No creo en el verso hermético, laberíntico, sólo apto para minorías selectas e incomprensible para la generalidad de los lectores.
          Creo en el verso claro, que sugiera, y no solamente que diga.
          No descreo de la prosa poética, siempre que comunique emoción estética y contenga ese “indefinible encanto de expresar lo bello por medio del lenguaje”.
          No creo en el poema cortado arbitrariamente, en la prosa vertical, en los textos sin signos de puntuación, en la evasión de las letras mayúsculas, en el poema aforístico de dos o tres renglones o en otras formas de violación del idioma escrito. Les niego originalidad.
          Creo que la poesía lleva en sí un fin educativo: bucear la belleza allí donde la generalidad de los hombres no la advierten, y sacarla a la luz por medio del hilo de oro de la palabra.
          No creo en el verso vacío de contenido. Once sílabas no componen necesariamente un endecasílabo, y un endecasílabo puede no contener poesía.
          Creo que el verdadero poeta escribe para ser leído. Y entendido.
          No creo en el verso denominado “descarnado”, piel y huesos. La poesía es carne, sangre, nervio; es decir, vital.
          Creo, por ello, en el verso clásico y por ende en sus formas más eufónicas: soneto, romance, décima, tercetos, etcétera, y sus combinaciones métricas de 14, 11, 8, 7 y 5 sílabas, que, como en un muestrario, trato de revivir en mis obras.

 

 
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